Ermitas y Santuarios de Campoo

Isabel Cofiño - Karen Mazarrasa

 Las ermitas y santuarios cántabros son a me­nudo edificios humildes, impregnados de un valor que va más allá de lo puramente histórico-artístico, pues se convierten en testimonio de las creencias y costumbres de los pueblos. Con frecuencia se trata de edificaciones de escaso o nulo interés artístico, por lo que muchas de ellas van quedando olvidadas, corriendo el peligro de des­aparecer.
La diferencia entre santuario y ermita se funda­menta en el fervor manifestado a la imagen que guarda el edificio. Los santuarios albergan devocio­nes que agrupan a un territorio extenso, los llama­dos "territorio de gracia", mientras que las ermitas tienen un ámbito de devoción local, generalmente restringido al lugar donde se erigen. Además, en los santuarios la imagen es insustituible, mientras que en las ermitas se puede sustituir.
    El hecho de que esa imagen sea insustituible se debe a que su aparición se vincula a leyendas sim­ples e ingenuas. La más habitual es la que relata el hallazgo de una imagen por unos pastores o la apa­rición de la Virgen a unos niños a los que ordena que se levante el santuario en un determinado lugar. A partir de aquí la fundación del edificio pre­senta diversas vicisitudes que, con escasas diferen­cias, se repiten en las diferentes leyendas. En general, podemos afirmar que tras estas historias se esconde el deseo de justificar la ubicación de estos edificios en un determinado lugar, a menudo de propiedad discutida y de clara significación econó­mica en virtud de los recursos económicos que con­tenía.
    Los orígenes de las ermitas y santuarios se re­montan a los inicios del cristianismo, con la apari­ción de los primeros eremitas que vivieron en lugares apartados. Tras su muerte, sus restos y pertenencias se convirtieron en reliquias que atrajeron a los fieles, conformándose diferentes rutas de pe­regrinación jalonadas por ermitas.
    El desarrollo de estos edificios llegó con el Con­cilio de Trento que, tras sancionar una serie de prácticas populares, impulsó las devociones a los antiguos santos y el culto a la Virgen, lo que supuso la fundación y renovación de muchas ermitas y santuarios. Este proceso se vio frenado en la se­gunda mitad del siglo XVIII con la llegada del pen­samiento ilustrado, acrecentándose en los siglos sucesivos.
    En Cantabria las ermitas y santuarios repiten las advocaciones del resto del país. Contamos con már­tires de época romana, como Acisclo y Victoria, que se dice que fueron hermanos de San Emeterio y San Celedonio; los santos médicos de Cilicia, Cosme y Damián; San Sebastián, martirizado bajo las flechas de sus propios soldados, etc. También tenemos ad­vocaciones de los primeros Papas, monjes y obispos, como San Benito, Santo Toribio, San Clemente o San Lorenzo. La invasión musulmana hizo que sur­gieran nuevas advocaciones, como San Pelayo, al tiempo que el paso de las rutas costeras del Camino de Santiago propició que se erigieran numerosas er­mitas bajo esta advocación.
    Las innumerables enfermedades, plagas y males que aquejaron a la sociedad medieval influyeron en la expansión del culto a los santos taumatúrgicos protectores de estos males (San Roque, Santa Lucía, San Cristóbal...). Desde finales del XIV y a lo largo del XV se incrementó, de manos de los francisca­nos, la devoción a Cristo y a la Pasión, mientras que el culto mariano fue impulsado por el Concilio de Trento, en respuesta a los ataques protestantes que negaban la virginidad de María. La llegada de las órdenes religiosas supuso el desarrollo de nuevas devociones, como San Antonio de Padua (capuchi­nos), Virgen del Rosario (dominicos), Nuestra Se­ñora del Carmen (carmelitas)...
    A la hora de analizar estos edificios hay que tener en cuenta la identidad de sus promotores. Res­pecto a la alta jerarquía eclesiástica hay que señalar que apenas tomaron parte en la financiación de er­mitas y santuarios, dado que lo habitual era que destinaran sus bienes a la construcción de nuevos templos.
    Con relación a cuáles fueron los fines que guia­ron estas fundaciones, podemos afirmar que éstos fueron muy variados aunque en última instancia todas estas obras perseguían evidenciar ante sus convecinos el poder de quien las realizaba. Aso­ciada a esa muestra de poder se encuentra el propio deseo del promotor de que esa obra se convirtiera en recuerdo de su figura y de su propio linaje.
Dentro de la jerarquía eclesiástica también de­bemos tener en cuenta las obras promovidas por los párrocos, cuya situación económica era bastante precaria, lo que condicionó el que a la hora de fi­nanciar obras artísticas éstas fueran muy modestas y que fueran ejecutadas por maestros de segunda fila.
    En Campoo contamos con ejemplos, como la fundación de la ermita de Santa Bárbara de Retortillo por Pedro Gutiérrez de Iglesia, presbítero, cura beneficiado de esa localidad; o la ermita de los Re­medios de San Martín de Elines, que tuvo en el pá­rroco de Arroyuelos, don Martín Alonso, a su benefactor. En cuanto a la finalidad última que per­seguían estas obras, podemos señalar que tan sólo en los casos en los que los párrocos contribuyeron con sus bienes para la realización de empresas que no pasaron a ser de su propiedad podríamos encon­trar motivaciones espirituales y piadosas.
En el caso de las parroquias, apenas emprendie­ron obras en las ermitas y santuarios y general­mente se caracterizaron por su modestia. Frente al interés que mostraron las parroquias por contar con los mejores artistas para dar mayor prestigio a sus iglesias, en el caso de las ermitas y santuarios po­dría afirmarse que estamos ante una promoción desinteresada que tan sólo buscó mantener con de­cencia estos edificios.
    Las cofradías en ocasiones financiaron las obras que se acometieron en las ermitas y santuarios de su patronato, tal y como ocurrió en la ermita de Santa Catalina de Laredo, propiedad de la Cofradía de San Martín, de Hijosdalgo y Mareantes de Laredo, re­formada en 1655 por los miembros de esta cofradía. Tras estas obras se ocultaba una intencionalidad bá­sicamente religiosa, encaminada a glorificar la ima­gen de devoción propia de cada cofradía, a pesar de que esto, a partir de la Contrarreforma, conlle­vase un cierto espíritu propagandístico en el sentido de que muchas de las advocaciones que daban nombre a estas cofradías habían sido puestas en tela de juicio por los sectores protestantes, de modo que al financiar obras destinadas a ellas se cumplía el doble cometido de darles culto y de impulsar la de­voción de esas advocaciones.
     En cuanto a los promotores civiles, destaca­mos, en primer lugar, a los indianos. El caso más destacado lo constituye, sin lugar a dudas, el san­tuario de La Bien Aparecida, patrona de La Mon­taña, reconstruido, en gran parte, gracias a los bienes enviados desde el Reino de Indias. Estos do­nativos, unidos a los de don José de Palacio Villegas y a las cuantiosas limosnas llegadas desde diversos puntos de la región y del país, hicieron posible que en él trabajaran maestros de gran valía, lo que re­dundó en la calidad arquitectónica del edificio, así como de sus esculturas y retablos.
En general podemos afirmar que cuando los do­nativos eran abundantes, en las obras financiadas por los indianos se buscaba a artistas renombrados que, además de asegurar la calidad y prestigio de estas fábricas, introducían en ellas ciertas noveda­des constructivas. Las intenciones que presidían este tipo de legados eran muy variadas. Por un lado, hay que tener en cuenta que tras ellos solía existir un fin piadoso por parte del donante, interesado en alcan­zar la salvación a través de estas mandas testamen­tarias, si bien esto se constata más en la institución de obras pías y capellanías que en la propia finan­ciación de obras arquitectónicas. Por otra parte, también advierte que el fin último de estas donacio­nes no era totalmente altruista sino que, muchas veces, imperaba el deseo de perpetuar la memoria de su linaje y de consolidar los símbolos dinásticos, tratando de reflejar ante sus convecinos el alto nivel económico y social que había logrado fuera de su país.
      Otro importante grupo de promotores civiles es el constituido por los nobles e hidalgos enriqueci­dos. El comportamiento de unos y otros fue el mismo que el de los indianos adinerados, pues todos ellos mostraron un notable interés por en­grandecer sus solares de origen, reformando sus casas y financiando la construcción de edificios re­ligiosos, además de sufragar la realización de cuan­tiosas obras muebles y fundar un sin fin de capellanías y obras pías. Al igual que en el caso an­terior, con ello se buscaba ensalzar su persona y el poder del linaje al que pertenecían, aunque tam­poco podemos olvidar que estos legados sirvieron como vía de expiación del pecado que para todos ellos suponía haberse enriquecido a través del tra­bajo.
En cuanto a la promoción civil de carácter co­lectivo debemos destacar, en primer lugar, a los fe­ligreses que, llevados de su devoción por una determinada imagen, contribuyeron a la realización de las obras que se emprendieron en sus ermitas y santuarios. La precariedad económica que aquejaba a los feligreses explica la modestia de sus empresas arquitectónicas y el que en ninguna de ellas estu­vieran presentes arquitectos relevantes, lo que hace que estos edificios perpetúen, generalmente, len­guajes arquitectónicos tradicionales.
Frente a lo ocurrido con el resto de los promo­tores, los feligreses emprendieron sus obras lleva­dos, fundamentalmente, por fines espirituales y piadosos, aunque no por ello podemos dejar de pen­sar que quizá también existiera tras estas fundacio­nes el deseo de trascender a la posteridad, dejando muestra ante las generaciones futuras del esfuerzo que habían realizado para acometer esas empresas.
A continuación mostramos una selección de di­ferentes ermitas y santuarios de los arciprestazgos existentes en Campoo entre 1975 y 1985.
 
 
 

Ermita de Ntra. Señora de la Asunción en SomaconchaArciprestazgo de Cinco Villas-La Rasa

Ermita de Ntra. Sra. de la Asunción en Somaconcha

     Esta ermita presenta una planta rectangular con ca­becera cuadrada y contrafuertes prismáticos y dos accesos en arco de medio punto.    El del lado Sur es de diseño renacentista como evidencia la presencia de alfiz y de dos pilastras cajeadas.
     En el muro Oeste, sobre el que se alza la espa­daña de una tronera, aparece grabada en un sillar la fecha de 1546, transcrita por I. Portilla como 1652, y que alude al momento en que se hizo esta obra. En el interior la capilla mayor se cubre con bóveda de terceletes de cinco claves.
 
Ermita de Nuestra Señora de las Nieves de Monegro
      Esta ermita, situada entre Villasuso y Monegro, está construida en sillarejo con buenos sillares en la es­padaña, contrafuertes, vanos y arco de ingreso. Su cabecera originalmente estuvo abovedada, tal y como evidencia los restos de las ménsulas que ser­vían de apoyo a los desaparecidos nervios de la bó­veda.
El acceso a su única nave se encuentra a los pies del edificio, conformado por un arco de medio punto de grandes dovelas. Sobre él se sitúa la espa­daña, de tres cuerpos con bolas, pirámides y cruz en el centro, en medio de un frontón curvo partido.
I. Portilla ha datado este edificio en la segunda mitad del siglo XVII, basándose en sus característi­cas formales.
 
Ermita de Ntra. Señora del HumanoErmita de Nuestra Señora del Humano                          
      La advocación original de esta ermita, ubicada en la localidad de Población, era Nuestra Señora de Lomano, topónimo de Loma, ya que el lugar también se llama Pozo de Lomano. En el siglo XIX P. Madoz la cita como Nuestra Señora del Hermano.
Consta de un pequeño ábside románico con ca­necillos sencillos, que corresponde a una primitiva iglesia desaparecida, posiblemente del siglo XIII. A este ábside se adosa un cuerpo con bóvedas y ven­tana del siglo XVI, al que posteriormente se añadió una nave en el siglo XVIII, tal y como evidencia el acceso moldurado situado en el lado Sur.
      La nave, actualmente cubierta con armadura de madera a dos aguas, aún conserva los restos de los arranques de los nervios de una bóveda desaparecida. Exteriormente se remata con una espadaña de una tronera con bolas herrerianas.
 
 
 

Arciprestazgo de Reinosa

Santuario de Nuestra Señora del Abra de Villar

Interior del Santuario de Ntra. Sra. del Abra de Villar     Este santuario, también llamado de la Virgen de las Nieves, alberga en su interior la imagen la patrona de Campoo de Suso. Su advocación procede del monte del mismo nombre, en el que, según la le­yenda, se apareció la imagen de la Virgen en 1615 a un pastor mientras cuidaba de su rebaño. Tras co­municárselo a la gente del pueblo, éstos levantaron una ermita en el lugar del hallazgo, quedando el pastor como ermitaño al cuidado de la misma.
     Sin embargo, las nieves y fríos invernales difi­cultaron su acceso, lo que motivó su aislamiento y progresiva ruina. Por esto motivo tuvo que hacerse un segundo santuario en 1703 de manos de los maestros trasmeranos Francisco García de los Co­rrales y Pedro del Valle, trabajando bajo la dirección y según los planos de maestro reinosano Juan Díaz de Bedoya. Pese a todo, según M.C. González Echegaray, el camino a este nuevo santuario seguía ce­rrándose por las nieves, por lo que la imagen (actualmente desaparecida) se trasladó definitiva­mente a un tercer santuario que es el que ha llegado hasta nosotros.
     Sin embargo, Isabel Portilla destaca la similitud de la planta del edificio actual con la de la iglesia de San Martín en Soto, realizada en 1706 por los mismos canteros trasmeranos citados anterior­mente, quienes, según esta historiadora, siguieron las directrices del modelo de iglesia columnaria, pese a lo avanzado de la época. Todo ello nos lleva a concluir que el segundo santuario citado por González Echegaray es el actual y que no existió un tercero.
     Se trata de un edificio que tiene adosada por el lado Oeste la casa del ermitaño, cuyo arco de acceso presenta las dovelas talladas con motivos florales y la clave en altorrelieve.
     El acceso al santuario se realiza a través de un arco de medio punto con la clave decorada. En el interior se trata de reproducir la espacialidad de las plantas de salón, si bien carece de un elemento definitorio de este tipo de edificios, como es el cierre de las tres naves a la misma altura. Estas naves se cubren con crucerías de cinco y seis claves decora­das, asentadas sobre pilastras clasicistas.
 
Ermita de S. Miguel en SotoErmita de San Miguel de Soto
     Esta ermita, que se encuentra en muy mal estado de conservación, presenta una cabecera cuadrada y arcos triunfal y de acceso apuntados. La cabecera se cubre con una bóveda de crucería octopartita.
     I. Portilla fecha su construcción a finales del siglo XVI, teniendo en cuenta el carácter retardata­rio de las manifestaciones artísticas en esta zona de Campoo. Posteriormente, entre 1707 y 1709, fue re­construida de manos de Pedro del Valle y Antonio Gómez, maestros cantero y carpintero, respectiva­mente.
 
Ermita de Sta. Barbara en VillafríaErmita de Santa Bárbara de Villafría
     En el barrio de Villafría, en Retortillo, se localiza esta ermita que, según consta en la escritura de 1764, fue edificada a expensas de Pedro Gutiérrez de Iglesia, presbítero, cura beneficiado del concejo de Retortillo.
     El acceso se realiza a través de un arco de medio punto con dovelas molduradas, flanqueado por pi­lastras cajeadas, todo ello rematado por un amplio frontón, en cuyo vértice se abre una pequeña hor­nacina que cobija la imagen de la titular. Este tipo de portada fue característico de las obras de los can­teros del valle de Buelna, quienes trabajaron Cam­poo desde finales del siglo XVII hasta mediados de la siguiente centuria. Por tanto, podemos suponer la presencia de algún maestro de este taller al frente de las obras de este edificio.
     Interiormente la capilla se cubre con bóveda de crucería de cuatro puntas y círculo central, diseño que se imita en la nave.
 
 
 

Arciprestazgo de Sta. Cruz de Valderredible


Ermitas rupestres
    Las ermitas rupestres han sido fechadas entre los si­glos VIII y X. Algunos historiadores defienden que fueron ocupadas por los repobladores que se diri­gieron al Norte en la época de la Repoblación de Alfonso I en busca de paz y refugio. Al llegar allí ocuparon estas cuevas de roca arenisca fácil de ta­llar y les dieron apariencia de iglesias, consiguiendo en su interior una separación entre ábside y nave, y labrando arcos en forma de herradura. Otros his­toriadores opinan que las ocuparon los foramontanos, es decir, los descendientes de los repobladores que volvieron a Castilla. De Oeste a Este son a Santa María de Valverde, Campo de Ebro, Cadalso y Arroyuelos.
 
Ermita de Nuestra Señora de los Remedios en San Martín de Elines
    A la entrada de San Martín de Elines, junto al puente y a orillas del Ebro, se alza esta sencilla er­mita, cuya cabecera y nave no se diferencian en planta. Presenta en el lado Oeste dos potentes con­trafuertes en talud y otros dos en los laterales de perfil triangular. Una iSantuario de Ntra. Sra. del Monte Carmelo en Villanueva de la Níanscripción en el dintel del ac­ceso nos informa de que fue edificada en 1727, gra­cias a los bienes aportados por el cura beneficiado de Arroyuelos, don Miguel Alonso.
 
Santuario de Nuestra Señora del Monte Carmelo en Villanueva de la Nía
    Este santuario (también denominado de la Virgen del Brezo) se alza cerca la localidad de Villanueva de la Nía, en la ladera de un monte.
Posee cabecera cuadrada y nave rectangular, sa­cristía y casa del ermitaño a los pies del edificio, espacio que ha sido utilizado como escuela. Actual que descansaban los nervios de las bóvedas que debieron cubrirla originalmente.
    Aunque ha sido datada a mediados del siglo XVII, no descartamos que pudiera haber sido cons­truida en fechas posteriores, quizá a lo largo de la primera mitad del XVIII, dado que las característi­cas formales de los edificios construidos en los ám­bitos rurales se repiten a lo largo de toda la Edad Moderna.
 
 
 

Arciprestazgo de Valdeprado


Ermita de San Miguel de Olea
      Presenta una planta sencilla, de una nave cubierta con madera y ábside semicircular con bóveda de horno, con coro alto a los pies, realizado en 1565 por Pedro de Medianedo, natural de Pámanes, según aparece en una inscripción situada en el pro­pio coro.
      El arco triunfal es de medio punto y apoya en capiteles sobre semicolumnas. Tanto los capiteles como los cimacios situados sobre ellos están deco­rados con una talla naturalista, bastante tosca. El de la izquierda se adorna con aves cruzadas, simi­lares a las de Castañeda y Argomilla, y cesta con asnos que también cruzan sus cabezas. El de la de­recha presenta animales entre arcos y cesta de jine­tes que cabalgan caballos enfrentados. Atendiendo a las características del arco triunfal y capiteles ha sido fechada por M.A. García Guinea en la primera mitad del siglo XII. Sin embargo, los canecillos del ábside y la puerta de acceso de arco apuntado remi­ten, según este historiador, a una cronología poste­rior, de los años finales de esa centuria.
      El edificio fue restaurado el siglo pasado de manos de Javier González Riancho y en el trans­curso de estas obras se halló un ara romana dedi­cada a los dioses y diosas del convento.
 
Ermita de Santiago en Aldea de Ebro
      Esta ermita, actualmente muy restaurada, se en­cuentra a las afueras del pueblo. La advocación a Santiago nos recuerda uno de tantos ramales que enlazaban con los caminos costeros que tomaron los peregrinos a Compostela en épocas de peligro en el camino francés.
Se trata de un pequeño edificio con cabecera cuadrada de menor altura que la nave que, según I. Portilla, pudo haber tenido un origen románico, ac­tualmente difícil de constatar por las reformas eje­cutadas en este edificio en los siglos XVII y XVIII y la llevada a cabo en los últimos años.
      A través de los Libros de Fábrica sabemos que Alonso de Pelayo fundió una campana hacia 1670, cobrando por ello 82 reales de vellón y que el maes­tro de cantería Francisco de Prieto percibió 154 re­ales por la obra que realizó en el arco de la capilla entre 1710 y 1714. Las noticias de la ermita se silen­cian a principios del siglo XIX al interrumpirse las visitas del arzobispado a causa de la invasión napo­leónica, no retomándose hasta el año 1817.
 
Santuario de Montesclaros. Valdeprado del Río
      La aparición de la Virgen de Montesclaros está ro­deada de una leyenda, según la cual un pastor ob­servó un día que uno de sus toros iba y volvía continuamente de un matorral casi inaccesible. Cuando le siguió lo vio arrodillado sobre sus patas delanteras frente a una cueva de la que salía luz. Al mirar dentro, el joven vio que la luz procedía de una imagen de la Virgen y, a continuación, corrió a anunciar la noticia a Los Carabeos. Allí se orga­nizó una procesión que subió al monte rezando y cantando a la Virgen.
      Seguidamente, la imagen se llevó a Barruelo, pero al amanecer descubrieron había regresado a la cueva, de donde la volvieron a trasladar a la iglesia. Nuevamente volvió a desaparecer y entonces com­prendieron que no era una persona quien la trasla­daba, sino la voluntad divina que les indicaba que no quería quedarse en Barruelo. Por tanto, la lleva­ron a la iglesia de San Andrés, de donde también desapareció, volviendo a la cueva. De este modo de­cidieron que debían dejarla allí, por lo que erigieron una pequeña capilla donde estuvo más de un siglo y medio, atribuyéndosele numerosos milagros.
     Hasta aquí la leyenda. La explicación histórica que se da al descubrimiento de la imagen de la Vir­gen de Montesclaros es que fue traída a Cantabria por los cristianos que huyeron al Norte tras la de­rrota de Alfonso VIII en la batalla de Alarcos (1195), escondiéndola en la cueva de Somaloma junto a otros restos y reliquias de santos que aparecieron con ella y que correspondían a Santa Casilda (cabe­llos), San Alejandro Mártir (un hueso) y San Lo­renzo (una muela). Se supone que estos cristianos llegaron procedentes de Toledo y que las reliquias aún estaban en el convento en 1766.
     La fecha de llegada a Cantabria viene dada por­que Santa Casilda murió a finales del siglo XI o en 1125, por lo que las reliquias tuvieron que ser traí­das en un momento posterior y motivado por algún fuerte contratiempo, como la derrota que sufrió Al­fonso VIII en la batalla de Alarcos.
     Sin embargo, en las excavaciones realizadas en 1966 se descubrió una cripta prerrománica, situada sobre la gruta donde apareció la Virgen, en la que apareció un altar de piedra con talla de sogueado ramirense. Si esa cripta hubiese sido realizada en el siglo XII, coincidiendo con la llegada de las reli­quias, debería haberse hecho en un estilo románico, que se estaba aplicando a las iglesias de Bustasur y Cervatos, y no en un lenguaje prerrománico. Por tanto, podemos concluir que la cripta es anterior, del siglo X o principios del XI, lo que nos lleva a su­poner que la imagen de la Virgen llegó a Montesclaros de manos de los primeros cristianos que huyeron de la invasión árabe en el siglo VIII o, como mucho, en la primera mitad del X. Posterior­mente, en el siglo XII, llegarían las reliquias de Santa Casilda y de los demás mártires.
      Desde 1217 el santuario quedó bajo el Patronato de los Reyes de Castilla. En el siglo XVI decayó la devoción a la Virgen, al tiempo que hubo dos in­cendios (1508 y 1573) en la ermita. Años después, en 1612, hubo un nuevo incendio que la quemó casi totalmente, desapareciendo las escrituras y docu­mentos de su historia, así como inscripciones que parece que había grabadas en las paredes, alusivas a milagros llevados a cabo por la Virgen.
      En el siglo XVII el dominico Fray Alonso del Pozo pidió al rey la cesión de la ermita a su Orden para que desde allí pudieran evangelizar a la gente de ese territorio. Carlos II lo concedió por Real Cé­dula de 18 de julio de 1686 y el 16 de septiembre tomaron posesión del edificio los dominicos proce­dentes de Las Caldas.
      En ese momento la iglesia estaba a medio cons­truir. En tiempos del Padre Pozo se le añadió la ca­pilla mayor, las laterales y el camarín. A partir de 1701 el Padre Juan González amplió el tramo del crucero hacia los pies con cuatro capillas entre el crucero y se hizo la sacristía y la hospedería.
      Las capillas laterales son tan altas como la nave, quizá por ser hechas en tres fases y por el condicio­namiento topográfico, ya que parte de los muros están construidos en roca viva. Destaca la decora­ción de yeserías de sus bóvedas y el camarín que barroquizan un espacio clasicista.
      El santuario contaba con un retablo realizado en época del Padre Pozo, pero que fue trasladado en 1903 a Quintanillas de Valdeolea.
Con la Guerra de la Independencia el convento fue arrasado. Durante la Revolución de 1836 se llevó la imagen a la iglesia de Barruelo, donde per­maneció hasta 1842. En 1880 regresaron los domi­nicos al convento y durante la Guerra Civil se tuvo que ocultar la imagen en un huerto. En 1966 se co­ronó a la Virgen como Reina de Campoo.
 
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