Principal Cuaderno Nº 26 Índices

En recuerdo de un alcalde de Reinosa

Pedro J. De La Peña



   En uno de mis viajes a Reinosa, paseando por la acera enfrente de los jardines de Cupido, llamó mi atención un rótulo nuevo que dedicaba la calle de "Sanjurjo" a "Gerardo Diego".
   Nada que objetar a esa sustitución de un general por el escritor, antólogo y poeta santanderino de la Generación del 27, que merecería una calle en éste y en cualquier otro lugar de nuestra geografía por sus muchísimos méritos literarios. Pero a condición de que no fuese precisamente en el sitio que antes se conoció como "Calle Particular de don Adolfo de la Peña" y que hacía y hace esquina con el edificio de la Villa de la Virgen del Pilar, que fue su lugar de residencia durante muchos años.
   Como la memoria es frágil, convendrá recordar los muchísimos méritos de don Adolfo de la Peña y Alonso, como se conoció en vida a este activo hombre de obras e intelectual que fue alcalde de Reinosa. Era mi abuelo Adolfo hijo de otro alcalde de Reinosa, don Pedro de la Peña y Campo, que llegó a la Alcaldía, en fecha del 26 de Abril de 1885 ("El Ebro" n° 53) y permaneció en el cargo hasta el 8 de diciembre de 1889 ("El Ebro" n° 292), siendo sustituido por D. Joaquín García de Soto. Don Pedro de la Peña y del Campo estaba casado con doña Dominga Alonso Fernández y tuvo de ese matrimonio tres hijos: Adolfo, Emilio y Eduardo.
   Adolfo de la Peña estudió leyes y ejerció la abogacía en su despacho, situado en la planta primera de la Villa de la Virgen del Pilar. Pero su inquietud le movió a realizar muchísimas otras actividades que le dieron renombre entre sus convecinos. Entendió enseguida la importancia de las comunicaciones modernas que abrían una nueva era en el mundo. Figuró como redactor jefe del primer periódico de nuestra ciudad -"El Ebro"- cuya etapa inicial se cumplió desde el 4 de mayo de 1884 hasta el 21 de septiembre de 1890 -coincidiendo precisamente con los años de alcaldía de don Pedro de la Peña y Campo- siendo su director don Demetrio Duque Merino, escritor de quien sabemos numerosas anécdotas a través de la biografía que le dedicó don Santiago Arenal.
   Pero el joven Adolfo de la Peña no se dejó impresionar por la figura de su director. Tratando de emularlo, escribió numerosos comentarios y noticias de la vida reinosana y se ocupó en firmar algunos de los artículos costumbristas que figuran insertos en aquellos años, como éste titulado "La Hila" que reproduzco para los lectores..

 

Costumbres campurrianas.

LA HILA.

   Tienen todos los pueblos indudablemente costumbres suyas tan propias, tan características, tan típicas, que por lo mismo que constituyen una parte integrante en su molo de ser, no han podido modificarse ni por la marcha progresiva de los tiempos, ni por la afición á lo nuevo y desconocido á que tanta propensión tenemos. Cuando una de estas costumbres, una tendencia ó un hecho que con frecuencia se repite, se impone como una necesidad apremiante y logra perpetuarse y adquirir carta de naturaleza á través de los siglos, algo útil debe tener para los pueblos, y no es por lo tanto estraño bajo este punto de vista, que los pueblos mismos á quienes alguna utilidad reporte su constante y no interrumpida acción, llegen á encariñarse con el en tales términos, que le consideren como condición esencial é indispensable para su existencia.
Mas dejando á un lado este género de consideraciones para cuyo estudio reconocemos nuestra insuficiencia. vayamos de lleno á nuestro objeto historiando siquiera sea á grandes rasgos y con la brevedad que el corto espacio de que podemos disponer exige, que es lo que con el nombre de La Hila conocemos en este país.
Allá en los primeros días del mes de Noviembre cuando la naturaleza toda parece próxima á exhalar el último suspiro de la vida envolviendo sus ricas galas en el extenso, y frío sudario de las nieves, la vida en los pueblos de esta comarca comienza á hacerse monótona y pesada, pues paralizadas las, relaciones con los limítrofes, infranqueables los caminos, y rodeados por todas .partes de nieve, tienen por decirlo así que aislarse las familias en su propio hogar, sin contar con otro entretenimiento ni diversión que los que á la juventud proporcionan esas pacíficas y modestas reuniones nocturnas, conocidas en toda la comarca, con el nombre que sirve de epígrafe á este artículo.
Apenas la campana de la vecina torre, anuncia el toque de la oración, cuando terminadas ya las ocupaciones domesticas, encerradas las ovejas en su corte, y bien repleta de yerba la pesebrera á cuyo pié se hallan descansando los ganados, los mozos, del pueblo en amigable consorcio con las mozas, dirigense alegres y contentos á casa de una de ellas en cuya morada ya de antemano designada al efecto, ha de celebrarse por espacio de cuatro meses consecutivos la reunión de la hila.
Allí al amor de la lumbre y á su alrededor, sentados en los escaños que simétricamente se estienden á uno y otro lado de la cocina, é iluminada la estancia por el tradicional candil de garabato que la dueña de la casa cuida colgare en sitio apropósito para que la luz se derrame con igualdad; las mozas se dedican á hilar lo que llaman la tarea consistente por lo general en dos copos cada noche, mientras los mozos narran sus cuitas y entretienen á la concurrencia con sus historietas algunas peregrinas y no todas exactas, si hemos de creer el refrán que dice que Yendo las mujeres al hilandero van al mentidero. Lo cierto es, que la discreta conversación de los contertulios, sazonada con alegres y ocurrentes peripecias, y amenizada con algún retozo ó pellizo conque los mozos obsequian á su preferida (que no por serlo deja deponer mala cara si el pellizco es fuerte,) hacen deslizar apacibles y gratas las horas que dura la modesta velada, en la cual reina el buen humor y la alegría, meclados con la sencillez y candor que caracteriza á nuestros campesinos.
La contemplación de la escena que tratamos de describir, no puede impresionar mas agradablemente, y seguros estamos qué si nuestros lectores tuvieran ocasión de presenciarla, un movimiento impulsivo les haría preferir mil veces un rincón en el humoso y rústico asiento de la hila, á ocupar el muelle y bien tapizado diván de brillantes y perfumados salones, en que el tipo de la aristocracia ó el mimado de la fortuna recite á sus aduladores comensales.

ADOLFO DE LA PEÑA.

Reinosa y Mayo del 84.

Reinosa Imp. del Ebro.

 


   Compuso también algunas poesías de ocasión y le tomó pulso a la ciudad que luego regiría, primero como concejal y luego como alcalde, en la primera parte del siglo XX.
   Fue ocasionalmente director del periódico en los momentos de ausencia de don Demetrio Duque y Merino, tal y como se recoge en la sección de noticias provinciales y locales del periódico. "El miércoles salió para Salamanca, donde se propone pasar unos días, nuestro Director D. Demetrio Duque y Merino. Durante su ausencia queda encargado de la Dirección de El Ebro nuestro compañero D. Adolfo de la Peña y Alonso" (El Ebro, n° 110"). Le tomó sin duda gusto al periodismo puesto que en distintas ocasiones fundó publicaciones de interés para Reinosa como lo fueron "Campoo" que dirigió en su primera etapa de 1894 a 1898 y luego volvería a dirigir desde el año 1920 a 1924, e igualmente "Cantabria" que fundó en 1907 junto a Emilio Macho Quevedo.
   Participó por eso en las distintas vicisitudes que inquietaron a la población reinosana de todos estos años: la epidemia del cólera, la ampliación de la vía ferroviaria, la oposición a la enajenación de los montes públicos, la Traída de Aguas y electrificación de la ciudad, las escuelas y en suma todos los aspectos que corresponden a un ciudadano preocupado por la modernización de los recursos ciudadanos. En fecha tan próxima como el 25 de enero de 1885 escribe ya un poema jocoso solicitando al Presidente del Ayuntamiento ¡es decir a su propio padre! para que ampliase los caudales de la fuente del Sorribero, tan necesarios para el bienestar común.
   Adolfo de la Peña estaba casado con doña Concepción Benedid y en ese año de 1885 tenía ya dos hijos, María y Adolfo, que constan como donantes en la suscripción que hubo con motivo del terremoto de Andalucía, de la queda también cuenta "El Ebro" en el número 38 de esta publicación. Su conciencia cristiana fue el motor de su vida social porque, aunque la familia poseía un comercio, no se sentía ligado a las actividades mercantiles de las que se ocuparon sus hermanos y se movió mucho más en el ámbito de la actividad pública e intelectual.
   Una demostración de sus preocupaciones culturales la constituyó su interés por la arqueología que ha quedado reseñada en algunos de los artículos publicados en la revista "Cuadernos de Campoo". Así, en el número 12 de esta publicación en un artículo firmado por José Luis Pérez Sánchez titulado "Julióbriga: de su identificación a las primeras investigaciones arqueológicas" se destaca el papel que tuvieron los distintos protagonistas de los hallazgos de las ruinas romanas y escribe el historiador Pérez Sánchez "Duque y Merino (1884-1903), director del periódico 'El Ebro" de Reinosa, publicó la carta de Ángel de los Ríos fechada el 25 de junio de 1885 en la que "El Sordo de Proaño"se hacía eco de los nuevos descubrimientos en Julióbriga. Impulsado por su afición al tema, Duque y Merino visitó las excavaciones el 9 de julio de 1885. Le acompañaron su amigo Adolfo de la Peña, abogado y coleccionista el hermano de éste, Emilio de la Peña. Según se desprende de su carta de contestación,, fueron atendidos en Retortillo por el citado cura Juan González, quien les proporcionó algunos objetos recién aparecidos" (pág 11) .
   Este descubrimiento de Julióbriga, aparte de las estructuras de los edificios, las columnas, el foro y los accesorios habituales de una población romana, dio lugar a la recuperación de monedas y objetos de diverso mérito. Entre ellas Ángel de los Ríos, el inolvidable "Sordo de Proaño", reseña en un artículo del diario "El Ebro" número 64, la existencia de una medalla rarísima de la que hace constar "con motivo de las recientes descubiertas en Retortíllo, llegamos á ver, en poder de nuestro amigo D. Adolfo de la Peña una medalla rarísima, que por el anverso ostenta la efigie de Bruto, el matador de Cesar, y por el reverso la de Abala, también tiranicida. Cual fuera la explicación que debiéramos dar a la medalla que, por estar batida en plata, tiene que ser posterior a las guerras púnicas, ha sido asunto que nos ha traído algo atareados". La importancia de Julióbriga no se escapa de la atención de ningún historiador de la etapa de la romanización y en el descubrimiento de las ruinas colaboraron Ricardo García Diez, Daniel Gallejones, B. Larín, Vicente Ruiz Argilés, además de D. Adolfo de la Peña.
   Amante de las tradiciones hizo Adolfo de la Peña todo tipo de trabajos para revivificar el valor de la cultura cántabra y también de esta actividad ha quedado constancia en otro artículo firmado esta vez por Mª Eugenia González y González que se titula "Coros campurrianos Ecos del Ebro: herederos de una larga tradición" y se hace notar que estos coros fueron fundados por don Adolfo de la Peña, siendo su director artístico don José Aja. El alma musical de los coros fue don Juan Guerrero Urreisti, inolvidable compositor del "Himno a la Montaña".
   Pero el antecedente de esos "Coros Campurrianos" se remonta más aún, hasta principios del siglo XX, según nos recuerda Ramón Cantón en su libro Reinosa y la Merindad de Campoo en donde escribe el siguiente párrafo: "Con un ambiente propicio, los señores Don Adolfo de la Peña y Don José Aja fundaron en el año 1909 la primera agrupación coral de Campoo, el Orfeón Reinosano, que luego tomaría el nombre de Orfeón Peñas Arriba". (pág 226). Fue ese coro pionero de todos los posteriores y ayudó en gran medida a respirar un ambiente de interés y prestigio para la música popular de Cantabria. Ese despegue inicial proporcionó luego grandes éxitos a los coros, como su viaje por La Argentina y sus primeros premios de polifonía conseguidos en la ciudad de Torrevieja.
   De todo esto da también cuenta una reciente publicación, con motivo del 75 aniversario de la Fundación de los Coros Campurrianos "Ecos del Ebro", en un ambicioso memorándum con el subtítulo de las fechas "1925-2000". Allí, en la parte introductoria, se reseña el inicio de la actividad del siguiente modo: "Comienza dicha agrupación con la iniciativa de D. Adolfo de la Peña, abogado y escritor reinosano, amante de la vida y las costumbres campurrianas. Fue redactor jefe del diario "El Ebro" ; primer periódico reinosano que dirigía Duque y Merino, colaboró en los primeros hallazgos de la ciudad romana de Julióbriga, formó parte de varias corporaciones municipales, ostentando el cargo de concejal así como el de alcalde, e incluso presidió el "Orfeón Reinosano" coro anterior a los Coros Campurrianos" (pág 17).
   A lo largo de esta publicación aparece numerosas veces citada la actividad folklorista de mi abuelo, tanto en reseñas del pasado como "La Atalaya" cuanto en los recuerdos de los primeros intervinientes en los coros que todavía quedan como memoria viva de aquella época, y que dejan sus sentidos homenajes en los artículos finales. Así Eduardo Guardiola recuerda que fue iniciativa de "un puñado de hombres entusiastas, amantes de la tierra, sus costumbres y tradiciones: D. Adolfo de la Peña como Presidente", y Prudencio Melgosa señala "En el discurrir de aquella época, ocupaba la presidencia de los Coros Campurrianos el querido y recordado don Adolfo de la Peña, distinguido en su cargo por el cariño y entusiasmo demostrado hacia todo lo que representaba el, folklore campurriano" (pág 191).
   Que don Adolfo de la Peña era una persona querida, que alentaba el amor a todo lo relacionado con su tierruca, lo demuestra el éxito de sus iniciativas. El erudito señor Cantón se ocupa también de reseñar en varios momentos de su libro Reinosa y la Merindad de Campoo otras actividades de mi abuelo como arqueólogo y publicista, entre las cuales están sus trabajos como periodista y dice de él: "Fue también escritor costumbrista, como lo acreditan sus artículos que, con el título genérico de "Costumbres Campurrianas" aparecen en varias publicaciones regionales" (pág 205).
   Todo ello convirtió a mi abuelo en un personaje popular entre los reinosanos. Pero era al mismo tiempo una persona muy respetada por su dedicación profesional y su preparación intelectual. Siempre, en cada una de las publicaciones, se le llama "don". Así en la revista "Fontibre" en un artículo escrito por Antonio Hernández "Las agrupaciones corales de Reinosa" se constata que la iniciativa primera para la fundación de los coros se produjo en 1909 por voluntad de "don" Adolfo de la Peña, y en los artículos de "El Ebro" o de "Cuadernos de Campoo" figura también en todos los casos con el tratamiento de "don". Quizá este tratamiento de respeto se debía precisamente a su impulso para las iniciativas más significativas en la mejora de la ciudad. Así habla de él Paco Altuna en su libro Del Reinosa y Campoo de Ayer, con el habitual y debido respeto:
   "Fue con el ex-Alcalde don Adolfo de la Peña, uno de los impulsores para la construcción de la Traída de Aguas, logrando, en poco tiempo, reunir 320.000 pesetas, es decir, bastante más de las que se necesitaban, justo al mes siguiente de la subasta de las obras, el 22 de diciembre de 1908" (Pág 94).
   A lo largo de su memorial aparece de manera insistente la actividad de este ilustre Alcalde de Reinosa como un trasunto de la vida
que va desde finales del siglo XIX hasta los primeros 30 años del siglo XX, y podemos vivir la Reinosa del pasado con los nombres de sus más directos e interesantes protagonistas. A través de publicaciones como "Campooo", "La Montaña", "La Tierruca", "Cantabria" y "Nueva Cantabria", van apareciendo los nombres de las distintas familias: los Cossío, Calderón, Bustamante, Fernández Castañeda, García Guinea, Silió, De los Ríos, Hoyos, Obeso, del Campo, Díez de Pedraja, etc., que tuvieron representatividad en los distintos momentos de toda esta extensa época. Algunos de ellos fueron, incluso, personajes casi legendarios para la mirada de historiadores y artistas, como ocurre con el "Sordo de Proaño" en la novela Peñas Arriba de José María de Pereda o en los numerosos trabajos dedicados al pintor Casimiro Sainz.
   En cuanto a mi abuelo se refiere es indiscutible que marca una amplia etapa de la vida en Reinosa. Nunca quiso salir de ella y, salvo una breve temporada, en la que fue designado Administrador de Hacienda en San Vicente de la Barquera, residió siempre en Campoo, desempeñando diversos cargos privados y oficiales. Así su iniciación a la vida pública queda reseñada en el número 100 del diario "El Ebro" cuando se anuncia: “Han resultado elegidos interventores de la mesa electoral de esta villa don Félix Rodríguez Alonso, don Adolfo de la Peña y Alonso, etc.”
   Desde ese abril de 1886 hasta su muerte en 1941, Adolfo de la Peña no dejó en ningún momento de preocuparse por el bienestar de sus vecinos y por las actividades sociales o culturales en las que pudiera hacer algo por los suyos. Prueba de esa filantropía la encontramos en el diario "Cantabria" en cuyas noticias del número 1 publicado en diciembre de 1907 se anuncia: "Bajo la dirección del ilustrado abogado don Adolfo de la Peña y Alonso proyectan varios jóvenes de esta villa la representación de una función teatral, cuyos productos se destinaran a un fin benéfico".
   Así, numerosas veces pueden encontrarse informaciones en el mismo sentido. Abogado, periodista, arqueólogo, hombre de buen corazón y padre de numerosa familia (pues de sus once hijos sobrevivieron siete: María, Pilar, Conchita y Carmina; Adolfo, José Luis y Juan Jesús) la dispersión posterior de su familia -por Andalucía, Aragón, País Vasco, Cataluña, Comunidad Valenciana, Castilla, Asturias y, naturalmente, Cantabria- ha dejado un rastro de De la Peñas reinosanos en muchos lugares de España.
   Por ese motivo, bastantes de sus hijos y nietos nos reunimos en Reinosa en el 30 aniversario de su muerte para hacer un homenaje a esa ilustre persona que tantas actividades protagonizó antes, durante y después de ser Alcalde de esta querida ciudad. Motivo más que suficiente a mi entender para que se le devuelva el nombre de su calle pero quitando en esta ocasión la palabra "particular" porque no están los tiempos para caciquismos.
   Todos sus familiares nos contentaríamos con que se llamase simplemente "Calle de don Adolfo de la Peña" y que se otorgase, por sus muchos méritos literarios, otra relevante vía urbana al ilustre poeta Gerardo Diego.




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2003, Jose L Lopez